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Roberto Pastor

Miedo

Es más que probable que hayas sentido miedo en algún momento. Es igualmente probable que estés sintiendo miedo ahora mismo, incluso sin que seas plenamente consciente de ello. Tenemos una imagen tan romántica del miedo, acotada a unos contextos improbables (crisis personales, peligros inesperados…) o directamente ficticios (historias de terror), que se ha llegado a disolver su presencia en nuestro día a día. Pero el miedo persiste. Y lo hace porque es una de nuestras emociones básicas.

Seamos realmente sinceros. Necesitamos el miedo. Sin miedo estaríamos muertos mucho antes de lo esperado. Es una emoción tan básica que su objetivo primordial es ese mismo, mantenernos con vida. ¿Nos da miedo subir a una escalera? Seguramente porque nuestra mente nos está manteniendo en el suelo, que es mucho más seguro. ¿Nos aterroriza hacer puenting? Bueno, a nuestra mente no le hace gracia eso de sufrir una caída libre aunque estemos asegurados a una cuerda elástica.

Estos miedos pueden parecer totalmente comprensibles para algunas personas y absolutamente desproporcionados para otras. Pero he aquí una clave fundamental: El miedo no es racional. Al igual que el resto de emociones, el miedo surge de nuestro sistema límbico, la parte de nuestro cerebro que, evidentemente, gestiona todas nuestras emociones, ya sean positivas o negativas. Esta zona del cerebro trabaja casi de manera opuesta al lóbulo frontal, que es la parte encargada de gestionar la razón y el pensamiento estratégico y lógico.

Toda decisión que tomamos en la vida, surge básicamente de una de estas dos regiones del cerebro. Pero hay una pequeña gran diferencia, el sistema límbico empieza a funcionar casi de inmediato. Es la razón por la que un bebé, cuando tiene hambre (aparte de que no es capaz de hablar) llora intentando llamar la atención para que le den de comer. Mientras que el lóbulo frontal tras varios años en estar totalmente desarrollado. Según algunos estudios se estima que el ser humano no tiene un lóbulo frontal plenamente desarrollado hasta que no alcanza unos 25 años de edad. ¿Alguna vez habéis dicho u oído eso de que los adolescentes son idiotas o sólo hacen idioteces? ¿Habéis recordado las decisiones que tomasteis en la adolescencia y os habéis arrepentido de ellas o tenéis la convicción férrea de que otra solución mejor era posible? Enhorabuena, vuestro lóbulo frontal está listo.

Pero esto no significa que una vez nos hagamos “adultos responsables”, estemos libres del miedo. En absoluto. Las emociones nos van a acompañar hasta el día de nuestra muerte, algo que realmente debe ser así, ya que son la puerta de entrada para poder disfrutar de las innumerables obras artísticas que nos rodean o complementan decisiones difíciles cuando la razón no es herramienta suficiente para seguir adelante.

Por eso el miedo seguirá ahí siempre. Y hay personas que lo saben y tienen los medios para activarlo y controlarlo, más allá de nuestros deseos.

En Marzo de 2020, la pandemia llegó a España. De un día para otro nos vimos obligados a quedarnos en casa casi sin posibilidad de salir a la calle durante varios meses. Mientras tanto, las noticias sólo hablaban de dos cosas: muertos e infectados. El miedo nos gobernaba. Necesitábamos una ayuda que casi no podíamos tener, salvo por el sacrificio de miles de profesionales sanitarios que antepusieron su deber al miedo. Mientras tanto, el resto de nosotros, estábamos a merced del virus. Y una población asustada, es una población que no puede razonar. Los noticiarios casi se regodeaban en las malas noticias al ver que nos atraía cual moribundas polillas a la luz. Cada día se mostraba una cifra de muertos que lógicamente no cesaba de aumentar. Los presentadores con la cara descompuesta. El hilo musical con melodías triste. Había que mantener a la gente asustada para que volvieran al día siguente para recibir las mismas noticias, pero con más anuncios.

Y es que si hay una doctrina que es maestra en manipular el miedo con el fin de obtener beneficios, es el marketing. Si miras a tu alrededor, es posible que veas más de un objeto que compraste porque en su momento te pareció buena idea, pero al poco tiempo te preguntaste por qué lo habías hecho. Es probable también que lo compraras porque tuviera un descuento considerable o se trataba de una edición limitada que, según decían, iba a agotarse pronto. Mejor darse prisa, ¿no? No vaya ser que lleguemos demasiado tarde y seamos una de las personas que se quedan sin dicha edición. No podemos permitir eso. Tenemos una idea de nosotros mismos que se sostiene parcialmente en dicho objeto. Sería horrible que nuestra psique se tambaleara. Tenemos miedo de no tenerlo.

FOMO (Fear Of Missing Out).

El FOMO es increíblemente poderoso para las marcas. Es casi la llave maestra para romper la barrera de nuestro lóbulo frontal independientemente de lo fuertes que seamos. En algún momento todos caemos víctima del FOMO y claudicamos con cierta resignación. El objetivo del marketing es generar necesidades allí donde no son necesarias. Y en las sociedades más desarrolladas, donde nuestras necesidades básicas (y no tan básicas) están más que satisfechas, el miedo es el camino más eficaz para lograrlo. Sí, tenemos una casa pero, ¿podría ser más grande? Tenemos un móvil pero, ¿tiene la última tecnología? Da igual si vamos a sacarle partido o no. Eso es algo que el sistema límbico deja a cargo del lóbulo frontal una vez hayamos soltado la pasta. Muchas veces, con grandes remordimientos.

Pero existen otros agentes mucho más hábiles a la hora de manipular nuestro miedo y el resto de nuestras emociones: Los políticos. La política, por desgracia, poco tiene que ver con la razón. Muchas decisiones políticas no se basan en estudios o datos, sino en sentimientos. Concretamente el sentimiento de la mayoría, catalogado y acotado a base de encuestas, las cuales están influenciadas por lo que vemos en las noticias y redes sociales.

Hace no mucho vi en televisión que uno de los problemas más apremiantes para los españoles eran los okupas. Poco después, en el mismo canal, salió un anuncio de una empresa que vendía seguros de hogar con “Garantía anti-okupas”. No sé bien cómo puede funcionar ese seguro, pero lo que me quedó claro en ese momento es que realmente el fenómeno okupa no debía ser tan alarmante ya que una aseguradora lo estaba publicitando como uno de sus teóricamente puntos fuertes. Hay que recordar que el negocio de una aseguradora es cobrar dinero para, idealmente, no hacer nada. Y si ocurre, intentar pagar la menor cantidad de dinero posible al cliente.

Pero, volviendo a lo que nos atañe, este pensamiento lógico no entra en la ecuación. Los políticos son especialistas en manipular las emociones, usando ocasionalmente la razón desde un atril cuyo andamiaje son también emociones. Si alguien que no comparte nuestra ideología política realiza un comentario que bajo los estándares de la razón, es totalmente válido, nuestro cerebro ejecutará una enorme cantidad de maniobras y cabriolas para rechazar dicho comentario. Incluso aunque lo compartamos. Esto se acentúa cuanto más opuesta es la ideología ajena, resultando en muchas ocasiones en insultos a las primeras de cambio.

Esto es, de nuevo, nuestro cerebro protegiéndonos. De nosotros mismos. “No eres una mala persona”. “Tú tienes la razón”. “Tus creencias son las correctas”. Estas son ideas que están tan arraigadas a nuestro ser que, el simple hecho de desafiarlas, nos provoca una serie de cortocircuitos, haciéndonos reaccionar de la misma manera que sería ante una amenaza mucho más vital, como por ejemplo, encontrarnos un tigre hambriento en el pasillo de nuestro hogar. En una situación tan inverosímil como esa tenemos tres opciones: huir, luchar o rendirse.

Huir es la acción más común. Cuanta más tierra haya entre una amenaza y nosotros, mejor. Pero no siempre es algo viable. Si no tenemos una forma realista de escapar, lo más probable es que empecemos a luchar. ¿Alguna vez habéis acorralado a un gato en una esquina mientras jugáis con él? Entonces sabréis de lo que hablo. Pero en muchas más ocasiones, dicha lucha no se ejerce de forma física, sino verbal. Principalmente denigrando y atacando el comentario que ha conseguido cuestionar nuestras ideas más arraigadas. Insisto, lamentablemente aquí la razón no juega un papel, es un acto de supervivencia. Si alguna idea desafía nuestras propias ideas concebidas tras años de educación, lo más probable es que de primeras sean rechazadas y su autor sea defenestrado física o verbalmente. Las redes sociales han ayudado mucho a ello.

Volviendo a la política, los partidos son muy conscientes de esta psicología. Y la utilizan a su favor enarbolando los argumentos menos racionales posibles. ¿Qué el otro partido ha dicho ESO? Bueno, nosotros estamos en contra. Vótanos. ¿Recordáis lo que hizo ese partido hace 20 años? ¿Cómo os hizo sentir? Vótanos. ¡CUIDADO!, si no nos votas, el otro partido va a ganar y será un desastre. Sé que es más que probable que leyendo estas exageraciones me hayas catalogado en una parte concreta del espectro político. Pero también es igual de probable que otra persona me haya situado en el lado opuesto de dicho espectro. Da igual. No importa realmente qué ideología tengo. Importa la tuya y si eres capaz de desafiarla.

A menudo se identifica un cambio de parecer con debilidad. El hecho de desafíar una idea preconcebida y reemplazarla o simplemente eliminarla es un ejercicio que algunos, principalmente aquellas personas que comparten la misma idea preconcebida, clasifican como traición. Un desafío al grupo. La sociedad se ha establecido en grupos desde el principio. Ya fuera en tribus, familias, ciudades, países o aficiones de equipos deportivos. El grupo aglutina a un grupo de personas en base a decisión basada en una emoción o a una que no llegaron a tomar (nadie elige donde nace) y protege a sus miembros mientras sean consecuentes con dicha decisión. Es más que probable que si alguien, en un grupo relativamente pequeño, rechaza parcial o totalmente su ideología, sea “expulsado” del mismo. Ya no es un miembro más, es una amenaza que debe ser apartada antes de que se extienda.

¿Y por qué debemos desafiar nuestra propia ideología? ¿Por qué pensar de manera distinta a como lo hacíamos tiempo atrás? ¿No se supone que el miedo nos mantiene con vida? Sí, pero el miedo es estúpido. No distingue entre lo que es real y lo que no. ¿Has probado a atravesar un pasillo oscuro después de ver una película de terror? No va a ocurrir nada, pero el primer impulso va a ser miedo. Ese monstruo horrible que has visto hace unos minutos es posible que haya encontrado una forma de salir de la película para matarte. Eso pasaba en otra película. Y esa es justificación suficiente para que tu cerebro lo dé como válido.

Si en algún momento queremos ser felices (y ya hablaré sobre la felicidad en otro momento), debemos controlar nuestro miedo. Debemos poner límites a las acciones a las que nos empuja y, sobre todo, intentar basar nuestras decisiones en un contexto en el que el miedo no juegue un papel determinante. Es cierto que eso no va a eliminar el miedo de la ecuación, eso es simplemente imposible. El miedo hará aparición casi constantemente. De lo que debemos ser capaces es de aplacarlo y cuestionarnos a nosotros mismos cuál es la raíz de dicho miedo. ¿Es una amenaza real o el simplemente un desafío a nuestra ideología? ¿Es posible que en este caso nuestra ideología no sea la respuesta? Y sobre todo, ¿hay algo pueda hacer al respecto?

No quiero dejar aquí la idea de que hay que agachar la cabeza y rendirse. Eso también sería una respuesta básica al miedo. Pero, dentro de nuestras limitaciones, hay que manejar las distintas opciones de las que dispongamos para resolver nuestro conflicto interno. Es casi seguro que seamos incapaces de solucionar el cambio original que causó nuestro miedo, pero podemos pivotar para que dicho miedo sea nitigado actuando dentro de nuestras capacidades, mientras que al mismo tiempo evitamos expandir más miedo hacia el exterior.

Creo firmemente que, con el fin de tener una vida más plena y sana, el miedo es algo que debemos tener controlado bajo nuestros parámetros y no bajo el de agentes externos con mucha experiencia y recursos en lo que se refiere a manipular las emociones generales de un grupo. ¿Cómo podemos ganar ese control? Es más difícil de lo que parece, y seguramente caigamos en tentaciones que juramos no volver a visitar, pero el primer y único paso es ser conscientes de cuándo se está utilizando el miedo contra nosotros. Cuando la consciencia y la razón entran en juego, las emociones pierden parte del control y nuestro cerebro nos permite una mayor autonomía.

Hace un tiempo escribí en algún sitio algo similar a esto: “El mundo es mucho más sencillo de entender cuando te das cuenta de que está dirigido por el miedo”. Es una frase triste, lo reconozco. Pero también es la clave de cómo podemos luchar contra esa misma idea.

No diré que no debes tener miedo. Es normal tenerlo. Pero dentro de tí están las herramientas necesarias para controlarlo.

Un abrazo.